miércoles, 29 de julio de 2015

UNA LECTURA EN VACACIONES


El mar era una línea fronteriza con el cielo que respiraba acompasadamente en el vaivén de las olas. Un viento fuerte y fresco, que parecía devolverme a los pulmones años desperdiciados, azotaba la playa y hacía reverenciar a las sombrillas y alborotar granitos de arena. Se escuchaban los primeros murmullos de los bañistas, escasos a esas tempranas horas de la mañana, atiborrados de sillas, neveras y toallas que aterrizaban en la arena como si de la tierra prometida se tratase. Las olas se extendían mansas sobre la orilla y huían raudas hacia el interior de las aguas temerosas del porvenir. A un tipo musculoso, de breve bañador amarillo, se le cayeron las gafas de sol cuando una ola hizo su incursión. "Hostias por trapos", dijo en voz alta, recogiendo con brusquedad el objeto caído.

Yo estaba sentado en el chiringuito tomándome mi segundo café junto a la novela de Jesús Carrasco "Intemperie" y se me prometía una agradable mañana entre buena lectura, brisa marina y cigarrillos.  Poco antes, Ana se había despedido porque había quedado con su amiga Lourdes para ver una exposición de artesanía autóctona.
- Nos vemos a la hora de comer. Chao, que disfrutes de tu querida soledad.

Sus últimas palabras sonaron con el celofán de la ironía, pero sonreí y le mandé un beso desde los labios.

Prendí un pitillo y abrí el libro: Desde su agujero de arcilla escuchó el eco de las voces que lo llamaban.......
- Barato, bonito, moda......

Sobre mi mesa un vendedor magrebí, cargado con una enorme bolsa de rafia, ponía pulseras, sortijas, collares, fulares y me sonreía enseñándome dentadura y encías.

Negué con la cabeza dos veces pero él siguió con su empeño. Volví a negar pero esta vez auspiciado por esa cara de mala leche que con tanta espontaneidad me sale cada vez en más ocasiones.
- Viagra buena, punta polla elefante. - acercó su cabeza a la mía y me dedicó un guiño.

Cerré el libro estrepitosamente e hice por incorporarme. Me hizo un gesto de tranquilidad con ambas manos y recogió sus enseres entre un runrún en árabe que no creo que me dejara en buen lugar.

Escudriñé la playa entre las setas de las sombrillas y los cuerpos rutilantes al sol. La mañana iba tomando tono y el ruido sinfónico del mar iba siendo engullido por un abigarrado zumbido. El cielo había perdido azul y un viso blanquecino enganchaba cielo y tierra.

Había comenzado el segundo capítulo de la novela cuando desde un todoterreno un tipo vestido con colores estridentes se desgañitaba cogido a un micrófono.
- Si no pasas la noche en la discoteca "El búho" habrás disfrutado de la mitad de tus vacaciones. ¡Discoteca "El búho" te pone a tono! ¡Discoteca "El búho", el sabor de tus noches locas!

Noté un calor en mi espalda que comenzaba a empaparme la camiseta.
- Perdoné, caballero, -me dijo un hombre de parecida edad a la mía a la vez que abanicaba una parrilla con ruedas- hay que ir preparando el tinglado para el espeto. Estaría mejor en aquella mesa de la esquina para evitar el calor y la humareda.

Junto a sus pies, varias hileras de sardinas ensartadas en una caña se hincaban sobre la arena de la playa.

Me mudé de mesa y encendí el segundo cigarrillo. Me limpié el sudor de la frente y el cuello con una servilleta de papel. Toqué el libro cerrado sobre la mesa como si tuviera que calmar algún sofoco del papel impreso. La oveja de la portada me observaba indiferente y bobalicona mientras que de su boca entreabierta salía un estático balido en el que me sentí mimetizado.

Llegó un grupo de jóvenes a bordo de unas robustas motos. Pronto se quedaron todos en traje de baño y asaltaron la arena a todo correr hasta que se introdujeron en el agua. Dos de ellos salieron en breve para atar una red en unos postes que había sujetos en la arena. Llamaron a voces a los demás cuando el campo de voley-playa estuvo a punto. Sus cuerpos atléticos, machacados en un gimnasio, lucían al sol de mediodía como clones de El Efebo de Kritios. Cuando uno de los dos equipos marcó el tercer gol, decidí que mi ablución de plácida soledad había concluido.

Buscando la sombra, fui andando por el paseo marítimo hasta que la zona playera dejó de estar urbanizada. Míseras embarcaciones pesqueras se amarraban a una empalizada que se adentraba varios metros en el mar. Poco a poco había ido recuperando el silencio y el sonido de la vida sencilla rizaba las alas de mi sombrero de paja. En una tienda de ultramarinos, tal y cómo rezaba en el cartel de la entrada, lo cual me hizo recordar ese nombre en las tiendas de mi niñez, compré una cerveza de litro y una bolsa de patatas fritas. El dueño, un tipo de cerrado acento andaluz que lucía una camiseta con el busto del Che Guevara,  me aconsejó un palmeral cercano donde disfrutaría del "vientecillo marino y sombra 'pa jartarse' y meterse el litro y las papas, 'compare' ".

En el palmeral cerré los ojos dejando que el amargor de la cerveza me empapara garganta abajo. Tomé aire para soltarlo hasta que me sintiera vacío. Tenté el paquete de tabaco y, rebuscando el pitillo, sentí una punzada en el lado opuesto al corazón. Titubeante, traté que mi respiración tomara fuerza frente al dolor. Iba ganando la partida. Un poco después, con el cigarrillo sin encender colgado entre los labios, sonreí como un chiflado escrutando la faja oscilante del mar reverberando entre el tamiz de las hojas de las palmeras. La oveja de la portada del libro baló cuando eructé.

MANUEL JESÚS GONZÁLEZ CARRASCO -Madrid-
Publicado en Pontevedra Viva

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