Quise visitarte. Me presenté
en tu morada y dije: soy yo,
este hogar que ves. Entonces
comencé mi viaje a través
de unos ojos indómitos
navegando la noche caminado el día
por venas y arterias.
Al pasar por la boca
Fatigado de latidos me di
con un paladar sereno
de piel amelocotonada y tenue.
No me quise detener y reías.
Seguí de pleno en mi periplo
fantasmagórico de cuevas
para dar con una fuente
en la que no se admitían monedas.
Era tu corazón, y en el intento
de abrazarlo, me golpeaste.
Eduardo Flores
Publicado en el blog lamuertedelultimosuspiro
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