“La visión del fin de los días llevaré a cabo, pero no sin antes terminar mi ejército” dijo desplegando sus
enormes alas blanquiazules.
Entonces ingresó a la morada del becerro que comenzó a mugir con la furia del compendio de almas puras e impuras que llevaba dentro, los devotos, los olvidados, los conversos, sus consortes, los espíritus mullidos de criaturas salvajes en el destierro y las cristalinas ánimas de los pueblos de antaño que supieron adorarlo. El arcángel lo tomó por los incipientes cuernos y le dijo: “Mis jinetes están listos, Leviatán y Behemot bautizados en el Jordán, los Nefilim ya marchan por el sendero invisible con sus espadas engarzadas y sus almetes de oro, el fin está cerca”. El becerro golpeó la mandíbula del arcángel y este lo rodeó por el lomo con su gruesa cadena de plata, le dio dos vueltas, levantó vuelo con el animal atrapado y le dijo al oído: “El libro de Atum opera en las tierras, ya se pasean hicsos y hebreos por el oeste, caminan amorritas y sumerios por el este, traiciona Manat a su Trinidad, el fin está cerca”. Caída al piso una masa dual, la cadena, nexo fino, los unía, el suelo se resquebrajaba, algunas almas en clamor escapaban por las grietas, era un nuevo jinete, el compendio seguía fuerte, controlado.
Se distinguían pero eran uno, respiraban, crecían talones puntiagudos.
Entonces dijo: “Soy el arcángel Gabriel, jefe de los mensajeros de Dios”. A lo cual el becerro le respondió por lo bajo: “¿A cuál de todos respondes esta vez?”. Y golpeándole el vientre con las espuelas óseas Gabriel concluyó: ¡Silencio y adelante Baal!
Federico Miguel Aldunate (Argentina)
Publicado en la revista digital Minatura124
No hay comentarios:
Publicar un comentario