A mi abuela, aunque ya no pueda oírme.
Fui tocando parte a parte
el mapa-mundi de tu cara.
Sentí la risa
alrededor de los ojos,
mi infancia
en la gastada comisura de los labios
que ya apenas me veía.
En la sien
llevas el dolor de ser madre,
las tempestades
que no desbarata el tiempo
son ahora las marcas
de todo lo que no hubieras querido
aprender.
A las líneas de tus manos
no les queda misterio,
y yo intento trazarte
en una envergadura de palabras
a las que se les hizo tarde,
pesando sobre ellas
la ineludible tormenta
de haber estado demasiado
viva.
Ana Rodríguez Callealta -Cádiz-
Publicado en la Biblioteca
No hay comentarios:
Publicar un comentario