Un amigo mío inglés, que dice que desciende, y se llama igual, de Wilfido, monje anglosajón del siglo VII, que ocupó la sede episcopal de Northumberland, putero y pedófilo, vino a verme el año pasado, un doce de Octubre, con la idea de visitar unas viñas.
Por carta, yo le prometí que le llevaría al monte de Moradillo de Roa, en Burgos, donde la familia de mi “parienta” posee amplias extensiones de viñedo.
Con mi coche, fui yo a buscarle a la Estación de Autobuses de Aranda de Duero. Una vez llegados a la plaza del pueblo, se sorprendió de lo bien conservadas que estaban las casas de piedra; de que la Iglesia estuviera en un alto y que, a todo su alrededor, se contemplasen unas pequeñas casitas como de cuentos de terror o de hadas, incluido el Cementerio, que llamamos bodegas.
También, se maravilló de que tuviéramos en nuestras casas retretes inodoros de corriente de agua. Nada más pisar el hall, dijo:
-Me voy a Waterloo.
Yo me reí, y mi mujer e hija que le oyeron, también.
Decir que a este Amigo le encontré en uno de esos festivales de Cultura, Poesía y Performance, en los que participaba una o dos veces al año. Este, el de nuestro encuentro y amistad, fue en Minden, Alemania, en una performance llamada “Oh, Afrika”.
Ya, en el retrete, el amigo Wilfido nos pareció una máquina de vapor por el ruido que hacía.
Yo le dije a mi esposa:
-Este Wilfido nos va a poner el trono en peligro.
Menos mal que dejamos de reírnos antes de que saliera de hacer sus necesidades.
Como era por la tarde, y ya cansados, cenamos y él marchó a la cama de matrimonio, lo que le pareció una cortesía de nuestra parte, agradeciéndonoslo con un apretón de manos y un abrazo, a los tres.
En la sobremesa de la cena, ya habíamos quedado que iríamos a las viñas por la mañana, con la fresca, a eso de las diez, no más tarde.
Ya de mañana, aseado y bien vestido, se salió a la plaza, quedándose sorprendido de una furgoneta que se quedó parada en mitad de ella, saliendo de un altavoz que llevaba en el techo una voz altisonante que anunciaba pregonando esta cosa dando voces:
-Compro cacharros viejos, arreglo tejados y cañerías.
Desayunamos. Y ya, camino de las viñas, nos cruzamos con Gustavo (“Siempre hay un bobo en cada pueblo; en Inglaterra, también,” me dijo al oído al ver que hacía tontadas), y con Genoveva Guasa, una mujer que, a él, le pareció hermosa; diciéndome que ella le había mirado con picardía.
Le pareció corta la distancia del pueblo a las viñas por la carretera que va hacia Cantalejo y Segovia, dejando a la derecha Sacramenia, y a la izquierda Sepúlveda. Ya, en el monte de las viñas, dejamos el coche junto a una caseta de piedra medio derruida.
-Aquí se resguardaban los pastores cuando había tormenta o llovía, le dije.
-Okey, me contestó.
Aunque la vendimia es por Septiembre, hay algunos planteles que no se vendimian por el poco dinero que dan las cooperativas que recogen la uva.
Ya estamos en un plantel, hechas sus calles a la perfección, a renglón seguido. Más, al fondo del viñedo vimos como una bola grande dibujada por la mitad en dos, que iba o andaba de una parte a otra sin sitio o asiento fijo.
Curiosos, fuimos a ver qué es lo que era. Mientras caminamos, hablamos:
-La viña y el potro críelos otro; la viña del ruin se poda en abril, le dije.
-¡Voila¡ dijo él para detenerme el hablar.
Allí estaba, con las faldas remangadas, y en cuclillas, Gertrudis Alma de Cántaro, que dicen de Aldehorno, torciéndose más o menos a un lado, trastornando por completo su carnal vasija, de modo que de contener dentro algo, se derramaría en parte o en todo, turbándonos extremadamente el sentido un olor fuerte.
--De todo hay en la viña del Señor, le dije.
El muy capullo de Wilfido me contestó como un predicador:
-Dany, mai frend:
“Por los viñedos sedientos de luz
Levantándose con el sol
Hacia los montes que lejos están
De Aldehorno y Moradillo de Roa
Muy temprano Gertrudis Alma de Cántaro
Baldón de flojas y comilonas
Se pone a buscar sitio donde cagar.
Se detiene en el plantel mejor
No le asusta la sed ni el calor
Ni ese saltamontes trotamundos.
Hay una viña en la que quiere cagar
Una viña que es todo su amor
Donde las ciento y veinte están.”
Daniel de Culla
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