(Soliloquio breve dicho a cámara de adulto, hombre o mujer con vestuario normal, mientras quien sea, de tanto en tanto, se rasura o se maquilla de leve maquillaje y se coloca sencillos posibles y cotidianos accesorios de los comunes a su género, para luego hacer o no una tabla gimnástica sin grandes esfuerzos mientras sigue diciendo en espacio cerrado. Intenciones, recursos de la voz, mímicas y corporalidades en general dependerán de lo que se dice, de lo que expresa la verbalidad.)
Recuerdo a mi madre cuando algunas noches en la infancia me preguntaba si quería que fuera a buscarme un bocadillo al centro de la ciudad. Una ciudad del interior de una isla en medio del Caribe. Sólo había un lugar posible en el que adquirirlo: la cafetería de un español en la calle principal, a más de ocho o nueve manzanas de donde vivíamos. Un sitio más bien caro y de cierta exclusividad en una capital de provincia desierta en horarios nocturnos de los años cincuenta, y bastante más desierta por la represión de una dictadura en agonía creciente. Para una familia pobrísima como la nuestra comprar ese bocadillo era un lujo inadmisible. No sabía, y nunca he sabido, cómo mi madre ahorraba para que aquel milagro ocurriera de vez en cuando. Lo que me conmueve décadas después no es sólo el amor de mi madre, presente: en el ofrecimiento, en el ahorro anterior para hacerlo posible, en el riesgo real de ir por la calle en medio de detenciones indiscriminadas, violaciones brutales y torturas de bestias; sino, también, la certeza de que cuando mi madre traía ese bocadillo caliente y oloroso, ardiente entre sus manos, ella seguro tenía tantos o más deseos que yo de comerlo pero nunca probaba ni un mordisco (ni a mí, qué dolor al recordar, se me ocurría ofrecérselo) Recuerdo unas frases de Rulfo en El llano en llamas, recién releído, que me cosen la herida: “Andar por los caminos enseña mucho” Bueno ahora ya he andado. Y respecto a buena parte del mundo que me rodea: “Tengo paciencia y tú no la tienes, así que esa es mi ventaja. Tengo mi corazón que resbala y da vueltas en su propia sangre, y el tuyo está desbaratado, revenido, y lleno de pudrición. Esa también es mi ventaja.” Mi madre era de frases, de máximas, de refranes; regalo pues a su recuerdo como amor y expiación las reflexiones de Rulfo. Y mientras me las digo en voz alta mi conciencia llora por todos los anhelos secretos y silenciosos de mi madre acerca de los que yo no indagué, y hacia los que mi amor no tendrá una segunda oportunidad ni sobre la tierra ni sobre el infinito. Vivir y ser mejor a trompicones. Si acaso, si acaso porque al final siempre igual: polvo de huesos y bocadillos calientes no compartidos.
Del libro Espuma de luces de FRANCISCO GARZÓN CÉSPEDES
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