viernes, 4 de diciembre de 2020

LA LOCURA DEL ESCRITOR

 

Hay quien, en distintos brotes de creatividad, se dedica a construir mundos en su imaginación, los ordena, los pule y los traslada al papel. Es el artesano de las letras, un ser al servicio del ocio de los demás -o del suyo propio, que vaya usted a saber por dónde salta la liebre- cuyas neuronas están barnizadas de una gruesa capa que bien podría estar aromatizada con hierbas propias de tiempos pasados, lejanas visiones futuristas o, haciendo alusión a la temática de la creación, de fantasía épica, comedia, drama, romance o historia, por dar protagonismo solo a unos cuantos palos. En sus mundos caben princesas, mafiosos, unicornios, hadas, duendes, genios, lámparas maravillosas o personajes atrapados en una sociedad distópica acertada o no dependiendo de las exigencias y la capacidad del consumidor. Más tarde, después de una preñez más o menos problemática según la obra y las circunstancias y condiciones que la rodean, se da inicio a la siguiente fase, que funciona a la inversa que la anterior. El lector coge el bisturí y disecciona el universo que el escritor ha construido con tanto esfuerzo, lo descuartiza, lo analiza, lo digiere -o no-, lo interpreta a su manera y lo archiva en los pliegues de su mente. Unas veces en los más accesibles; otras, en cambio, en los más profundos e impenetrables. Es el momento en que se sensibiliza con la creatividad del autor y puede llegar a sentirse parte de ese proceso de construcción de mundos. El final, justo o injusto, justificado o injustificado de las creaciones privilegiadas que superan el parto y llegan a ver la luz de la vida literaria. Una historia esta que de haberla vivido el escritor en primera persona y no acabar, como de hecho acaba, en edición de lujo o de bolsillo, tapa blanda o dura, papel ahuesado o blanco y una extensión de trescientas o cuatrocientas páginas, se le daría el nombre de locura.

Manuel Fernando Estévez Goytre

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