domingo, 13 de diciembre de 2020

KARMA

 

Era una muerta preciosa de veintitrés años. Estaba de pie, desnuda, con los brazos, piernas y ojos muy abiertos, recostada contra una pared de concreto muy blanca y asépticamente limpia. Tenía el pelo castaño oscuro liso y espeso, cayéndole más abajo de la cintura, y los regios ojos de un verde navidad que llevaban una fiesta en las pupilas.   Una herida muy profunda y ancha, brutalmente hermosa, camina por todo su cuello y garganta. De la misma surge sin pausa una manada de sangre color cereza madura, la cual cascadea sobre el albo pecho con un cierto ritmo melancólico y sensual, llenando los breves pero firmes pechos de un matiz que combina con los todavía deseantes pezones. Un puñado de vello marrón-rojizo muerde su entrepierna, mojándola como saliva de incubo amoroso y, por eso mismo, peligroso. La sangre permea el vientre, ombligo, pubis y muslos, cayendo como merecida maldición sobre los deliciosos pies. De ella se desprende un pinzón loro real que refleja la luz de la tarde en las alas y deja caer del pico una tenebrosa melodía líquida, la cual parece ser escuchada por la difunta. Luego sale un cuervo posagorero que habla idiomas desconocidos, aunque se sospecha que lo que dice es en contra de la dama; brota una malcoha pechicastaña que acaricia con el pico los vivos colores del vello púbico, y una tángara golondrina que le dedica a la muerta una amarilla melodía incandescente como si la quisiera resucitar o consolar. Las aves son atraídas por la sangre, y forman junto a ella un hilo casi capilar que se arrastra y hace el amor con elegancia con la desolada calle. La sangre se eleva como puño alado, va hacia el sureste, y llega a la casa del amante de la muerta la noche anterior. Él está dormido, y sostiene una hermosa, profética y sensual daga wicka en la mano izquierda. La sangre toma la forma de una mano derecha, aferra la daga cono la rabia de un hombre que acaba de sorprender a su esposa en la cama con otro, aletea con furia y, unos segundos después, aparece exactamente encima de la muerta, amenazando otra vez su garganta con un malicioso ademán satisfecho. Y la fiesta que se derramaba en los ojos de la muerta, da paso al repetido horror del degüello…

Victor Diaz Goris -República Dominicana-

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