El viejo Palacio de Vencedores está cerrado,
deshabitado como una antigua vida,
no se puede acceder a él, salvo mirando a través
de una herrumbrosa celosía de volutas y acantos,
a simple vista, la habitación está vacía,
solo un fluorescente desvencijado
cuelga del techo, suspendido por un cable raido,
y abandonadas sobre el pavimento,
cientos de noticias del pasado,
impresas en hojas de periódicos y revistas,
yacen bajo una gruesa capa de polvo.
Su estructura, como cascados huesos humanos,
está a punto de desplomarse,
cuando esto ocurra, caerán sus artesonados,
los frescos de Dios creando el Mundo
y Dafne, transformándose en olivo.
JUAN FRANCISCO SÁNCHEZ ANDRADES
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