jueves, 17 de julio de 2014

SIN FE


Surco la pleamar con parsimonia de orfebre,
con furia empujo mi sombra hacia los acantilados,
ese atroz alimento llamado amor es el nutriente
que acomete voraz aullando como esqueletos
de voz golpeada contra un indígena indigente.

Alabado sea el corrupto son de los alimentos,
que el atado amor de silueta libre compromete
con yerbabuena en sus ojos gastados
y que hace que la máscara del deseo encuentre
el roce de la memoria y la hiedra en ambos lados.

Lamiendo la eternidad es como uno entiende
que entre los surcos nunca hollados
uno jamás sepa por qué comprende
que el amor es para los enamorados.

GUILLERMO JIMÉNEZ FERNÁNDEZ -Mérida-

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