porque de lo contrario,
los sucedáneos de amor de cocción inferior a tres minutos
harán salto con pértiga desde su cesta color verde.
Además, de un tiempo a esta parte prefiere echarse la siesta
en cualquier playa de las que no salen en los catálogos
o contemplar plácidamente cómo la gran noria del Danubio
dispensa tapones de silicona a los puntos cardinales
dispuestos a dar gas a sus Harley Dadvison.
Le he pedido también,
que no mantenga conversación alguna
con los reposapiés de los confesionarios,
sobre todo si su luz esta siempre guiñándole el ojo
a los parroquianos que no conocen otro sermón
que las arrugas porosas de la vida.
Y si con un poco de suerte,
consigue olvidarse de la eternidad,
- paloma entre sus manos-,
y renegar del lugar exacto donde aparca la emoción,
hasta borrar la urgencia del pecho mientras besa,
si decide escucharme de una vez
y deja que el dolor se le caiga de la lengua,
quizá entonces,
como un milagro de esos en los que ya no cree,
se sorprenda absolutamente enamorado,
con algo más que suerte, cualquier 30 de Febrero.
Del libro Hay un área de descanso un poco más abajo de mi vientre de Marián Raméntol Serratosa -Barcelona-
Publicado en la Biblioteca
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