Habían discutido tanto. Hasta que ella explotó: “Estoy harta de la imagen mía reflejada en vos." Y de un tajo cortaron el amor. Él atinó a hacer la única cosa posible: le escribió, buscando rociar algo de cuanto ella había significado para él. Así evocándola, supo que la amaba, pues sólo recordó maravillas. De modo que aquellas palabras latieron triangulares como lunas, blancas y luminosas como naranjas. El amor de a dos quedó dentro de un planeta marino. Pero él pudo devolverle la imagen deseada. Y el amor de ese hombre siguió vibrando. Con los años le brotaron naranjas, lunas triangulares.
JORGE ARIEL MADRAZO -Argentina-
Publicado en la revista Ficciones Argentinas
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Hace 19 horas
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