martes, 29 de marzo de 2016
EL TIEMPO EQUIVOCADO
Estaba en la casa donde pasó su infancia.
Hacía mucho que vivía lejos de allí, en la ciudad. Se acomodó en el viejo sillón. La luz tenue de la tarde entraba por la ventana a través de las cortinas blancas. Nerviosa, abrió un libro y se dispuso a matar el tiempo así, esperando noticias de la policía.
En un pueblo tranquilo como ése, la insólita desaparición de varios vecinos era un hecho inimaginable.
Llamaron a la puerta. Un hombre desconocido dijo traer para ella un valioso reloj de cuerda que su abuela, la señora Sorvino, mandó limpiar y reparar hacía apenas uno días.
—He revisado con mucho esmero su complejo engranaje… Un mecanismo único. Me he permitido hacerle alguna mejora…
El hombre se marchó sin dar tiempo siquiera a darle las gracias.
Ella no recordaba aquel reloj en la casa.
Lo colocó en el lugar que le pareció mejor —sobre una arquimesa de roble— y volvió a sentarse para seguir su lectura, acompañada por el tic tac de fondo que marcaba, inexorable y exacto, el paso del
tiempo. No quería pensar que nonna Elena pudiera estar muerta. Preparó café. Al volver al salón creyó percibir que aquella preciosa antigüedad imprimía un ritmo más veloz a sus latidos. Volvió a sentarse y bebió de la taza a pequeños sorbos. De la pared colgaba un cuadro de flores que no era en modo alguno una obra maestra. Le pareció que el reloj marchaba más deprisa aún que antes. Vio que los trazos que definían el contorno de los grandes lirios se iban desdibujando, dejando en el lienzo
apenas un rastro de manchas amarillas, verdes y azules, cada vez más desleídas y apagadas. La tela quedó en blanco. Las manecillas del reloj giraban ahora a un compás frenético y enloquecido. Aturdida, se puso en pie, tambaleándose corrió las cortinas, y en el cristal de la ventana pudo ver que el reflejo de su imagen se iba disolviendo. Quiso llamar a gritos al hombre del reloj que, apostado en la verja del jardín, la miraba sonriente. Cuando ella fue sólo ya consciencia muda, el reloj se paró y reinó de nuevo el silencio.
Margarita Agut Gimeno (México-España)
Publicado en la revista digital Minatura 147
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