martes, 29 de marzo de 2016

AISLAMIENTO


Una celda oscura, bombilla triste en el techo, ventanuco alto con rejas, un jergón y una puerta de hierro con ranura inferior de 10 cm de alto por 30 de largo. Sentado en el suelo, con la espalda en la pared opuesta al camastro, hay un hombre joven barba descuidada, uniforme áspero de preso con número en el pecho.

HOMBRE:
El hombre dormita, levanta la cabeza cuando oye el ruido de un plato metálico que entra por la ranura de la puerta, y cae al suelo. Va a recogerlo. En cuclillas coge un puñado de comida grumosa con los dedos y se lo lleva a la boca. Ve cómo, a través de la misma ranura, echan una carta; suelta el plato ruidosamente, con rapidez, se limpia los dedos en el pantalón y se lanza a por ella.
Ávido, extrae la carta del sobre, emocionado, se muerde los labios, al sacar la carta, su cara va cambiando, primero sorprendido, luego enfadado, al fin decepcionado.
Se queda mirando el papel unos instantes. Le da la vuelta, entonces apreciamos grandes manchas negras, fruto de feroz censura. Gira el papel tratando de leer, niega con la cabeza, la agacha, manteniendo el papel en la mano. Luego lo guarda en el sobre. Se levanta. Se dirige a la puerta, a la derecha tienta la pared, empuja un ladrillo que se afloja y lo extrae, lo deposita en el suelo, saca más cartas, las mira, todas llevan gruesos tachones. Una a una las lleva al camastro, las extiende, una a continuación de otra, las mira, se arrodilla, con un dedo sigue las líneas. Vuelve a repasarlas. Se encoge sobre sí mismo y se mantiene así unos instantes. Luego se levanta, se pasa una manga por los ojos, aprieta los labios. Coge una carta y fabrica un avión. Luego otro. Y otro, hasta el final de las cartas. Después va a la puerta y avión tras avión los arroja con efecto por la ranura. Sonríe. Se asoma tratando de ver fuera. Ríe alocadamente. Se levanta, extiende los brazos y da unos pasos por la celda,
imprime velocidad, vuela como un niño, hasta que después de varios giros va a parar violentamente contra la puerta. Cae al suelo sin sentido.

Del libro Qué mal repartido está el mundo y otros textos de FÁTIMA MARTÍNEZ CORTIJO
Publicado en Los libros de las gaviotas

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