Basta de resumir la cruel condena,
una calamidad entre miradas,
sólidas relaciones adoradas,
roles que se marcaron con la pena.
Somos viejos relojes sin arena,
viento de ese levante, descaradas
ropas siempre arrancadas y varadas,
vida que hacia el final la muerte frena.
Rumbo para sentir, sagaz instante,
rasgos de vil terror, aunque pervierto
sórdida decisión de ser pensante.
Una triste verdad, camino cierto,
ardua la soledad de ser donante,
restos de aquel vivir en tiempo muerto.
Julio G. del Río -Valencia-
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