Me apetece escribirte,
contarte todo cuanto
he soñado (mucho más
que lo vivido),
decir que durante
este tiempo,
un largo invierno,
el alma se ha transformado
y el miedo se ha vencido
y todo, para conseguir
solo el intento
íntimo de querer
ser uno mismo.
Me gustaría explicarte
tantas cosas, hasta
las rutinarias: hoy ha
llovido, y la ciudad
tiene
el gesto triste del otoño
gris.
Pero no sé por dónde
empezar
y quisiera
tocarte el alma con
mis dedos
con intención de caricia.
Sí, quisiera llegar a ti
renovado,
llegado del sueño de
la tierra
y de la cotidianidad
amarga de sus días.
Pero, poder decirte
también,
he llegado a ti quizás
en el momento preciso
en que ambos consigamos
elegir nuestro camino.
No sé, son tantas cosas
que es posible que
olvide
las importantes
y me siga perdiendo
en las insignificancias:
sigue lloviendo y
en las calles
se rompe
el espejo del agua.
Ha sido mucho tiempo
en el que habló
sin tregua
el silencio
y es imposible
recuperar lo perdido,
pero quiero resumirte
la historia de mi vida:
ni siquiera supe nacer
tuvieron que arrancarme.
Isidoro Irroca
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