Como un expulsado de la acuarela de Cayo Paloma,
como una barracuda de pastillas juanolas
como un quesito con coderas,
con gafas desniveladas de quita y pon,
con el cuerno de la abundancia en el entrecejo.
Con verdes montoncitos
de desconocidos,
ausentes,
recibidos
y olvidados,
el enfado se diluye
como una restañada herida un viernes
y se convierte en un enojo
con efluvio a 625 líneas de la selva.
Firmemos la pipa de la paz
con el jabón de las miradas
y la pelusilla de los dedos
de los pelotazos al queso.
Eso es todo lo que recuerdo.
GUILLERMO JIMÉNEZ FERNÁNDEZ -Mérida-
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