sábado, 11 de agosto de 2012

ENEMIGO


Los tres soldados corrían a duras penas por la llanura. Dos hombres y una mujer. Estaban heridos. La tormenta había comenzado, la lluvia intensa y los relámpagos ensordecedores. Encontraron refugio en una cueva. Penetraron y se abrazaron entre ellos para darse calor, después sacaron ampollas de unas pequeñas maletas, se inyectaron, cauterizaron sus heridas, el analgésico les provocó sueño y se quedaron dormidos. Uno de los varones despertó luego de doce horas, miró su controlador de tiempo y espacio, observó afuera de la caverna. La tempestad continuaba. No podrían salir hasta que terminara. Con suerte amainaría en uno o dos días, luego saldrían recuperados y encontrarían en pocas horas a su pelotón. El segundo hombre abrió los ojos y se dirigió a su camarada, llegaron a la conclusión de que el resto de su equipo podía haber caído ante el enemigo. «Malditos infelices», musitó uno. De pronto observaron a su compañera, quien dormía con placidez, el uniforme militar ceñía sus formas con armonía. Ambos hombres descubrieron que se habían enamorado de la cadete. El caos atmosférico duró una semana. A la chica le había llevado más tiempo recuperarse, tenía heridos el abdomen y ambas piernas. Los varones la llenaron de cuidados y ella aceptó que ambos la amaran, pero no le correspondió a ninguno, les rogó que no se pelearan por ella. Cuando cesó la tempestad, salieron todos de la cueva. Caminaron durante muchas horas, sus víveres casi se habían agotado, aunque tenían muchas municiones para defenderse, por si acaso. Al llegar a una vasta playa, uno de los hombres se dio cuenta de algo extraño: no recordaba quién era el enemigo, ¿amnesia?, ¿algún mecanismo cerebral de evasión? Se lo dijo a los otros, ellos tampoco se acordaban. Ninguno de los dos varones percibió que estaban entrando en el agua, que avanzaban con voracidad, que el agua cubría sus pechos. Lo comprendieron todo cuando oyeron las risas de la mujer. Ella había sido herida por ambos, había necesitado tres segundos para dominar sus mentes, siete días para recuperarse, medio día para conducirlos a su fin en manos de las otras mutantes que vivían en el agua. Enemigos que alguna vez fueron llamados «mujeres».

Carlos Enrique Saldivar (Perú)
Publicado en la revista digital Minatura 120

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