Ya me duelen los ojos
de tanto mirar al cielo y al sol,
y no es precisamente ni para dorar mi piel
ni por admiración mi repetición de mirar,
más bien es a ratos por mi grande enojo,
otros ratos por vigiar a mi aventajado rival,
y más y tantos ratos por mi amargura y hiel,
pues crecidos celos me acosan
y siento en mi corazón tan insoportable dolor,
cuando veo que el caliente señor, con frescor,
de beso y abrazo saluda,
en cada fría y temprana mañana, al día ser,
de beso y abrazo se despide
en todo caluroso atardecer,
y mira y admira a mi amada luna,
a veces curioso, como a tantas y a todas,
a veces empeñoso, como a más ninguna,
y más, los celos me aumentan el ya crecido enojo,
cuando mira y repasa
su alumbrada redondez y desnudez,
con su contemplar abrasador y su apasionado ardor
a mi exquisita amiga, a mi amada luna,
ora mirando con poco pudor,
ora mirando con mucho antojo,
que hasta hizo pintar de arreboles,
de las nubes las mejillas,
por grande vergüenza y de subido rubor,
que oteando fisgonas estaban desde lo alto,
como chismeando, como a hurtadillas,
como viejas burlonas y bufonas de mi dolor.
Angel Ignacio Chacón Aquino
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