¿Acaso la piedra existe sin corazón,
sin médula
y sin laberintos de conductos
por donde fluye la angustia de los desplazamientos?
Acércate a ellas, no importa su tamaño, la irregularidad y el arco de su
volumen, acarícialas y deja que se acostumbren a tu tibieza,
y cuando las huestes de tu sangre se hayan paralizado
ante la ingrave temporalidad de sus destinos,
acerca primero el oído a sus planicies
y luego el pecho con el regocijo de un extraño enamorado,
y ábrete paso por sus túneles hasta llegar al centro abisal por
(donde llegaron,
en un tiempo pasado,
a hundirse en los vastos océanos de la creación,
o a estar muy cerca del aire que no se respira,
donde todo es silencio.
Mariano Rivera Cross -España-
Publicado en la revista Oriflama 23
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