sábado, 11 de agosto de 2012

UN BUEN HIJO


De repente abrió los ojos y vio que todo cuanto podía ver era nuevo para él. Todo a su alrededor era extraño. Podía reconocer algunas cosas de las que había oído hablar a los más ancianos pero que siempre había creído que no existían realmente. Algo le pasaba a sus ojos, a sus oídos, era como si se hubieran estropeado, ya no podía ni ver ni oír como lo había hecho hasta entonces. También le pasaba algo a su olfato ¿o es que a caso lo que podía oler ahora era tan diferente al olor de su hogar?

Intento juntar todas sus fuerzas para ver si podía incorporarse, sabía que le harían falta para levantar todo su peso y más reposando de espaldas como estaba. Pero al coger impulso salió despedido ¿Qué le ocurría? Su espalda era ligera, la carga que había habido allí durante toda su vida había desaparecido. Lo había deseado siempre con todas sus fuerzas, con cada deseo de cada estrella fugaz. ¡Lo había conseguido! Y entonces se dio cuenta, algo fallaba, echaba de menos su carga.

Caminó unos pasos. Por un lado se sentía realmente ligero, pero por otro, en cambio, era tan grande el agujero que se abría paso a través de su pecho que creía poder notar en él la inmensidad del universo.

Turbado se apoyo en un árbol cercano, se sentó a sus pies dejando descansar por primera vez su espalda contra un tronco. Cerró los ojos, lo último que podía recordar era la cara encolerizada de su padre durante su última pelea. Si se esforzaba creía poder volver a oír sus palabras:

-¡¡Debería darte vergüenza!! Después de todo lo que te he dado, todo lo que he hecho por ti… ¿me lo pagas así? Solo te pedí que hicieras algo que era importante para mí y ¿tú me pagas diciendo que va en contra de tus principios y que con todo el dolor de tu alma… debes desobedecerme? Yo si que siento dolor hijo mío…

Luego solo sintió un fuerte golpe contra el pecho y lo siguiente que recordaba era que le ardían los parpados por la luz del sol al estar tumbado boca para arriba en aquel bosque.

Reflexionó sobre como había podido llegar a la situación en la que se encontraba en ese momento. Había pensado mucho en todo cuanto tenía que decirle a su padre y en como debía hacerlo para que éste no se enojara. Y todo para nada, no había servido, no había valido la pena. Lo que él más temía, la peor de las situaciones que había podido preveer había sucedido.

Abrió los ojos y miró a su alrededor. Estaba seguro de que su padre no le dejaría allí abandonado, solo quería asustarle.

Pronto estaría delante de él tendiéndole la mano y pidiéndole que volviera a casa, si, estaba seguro de ello.

Pese a todo no podía evitar pensar en esos ojos llenos de ira. Nunca antes había visto a su padre de aquel modo. Aunque tampoco nunca antes había osado desobedecer una orden directa. Pero estaba tan convencido de que su punto de vista era el correcto, que no había dudado ni un momento que debía hablar con su padre y sabía que ni éste ni ningún otro castigo le harían cambiar de opinión.

No sabía cuanto tiempo llevaba en aquel lugar ¿Cuánto más iba a esperar su padre para ir a buscarlo? Y ¿si realmente aquella vez iba en serio? Y si pretendía dejarlo allí, solo, desprotegido.

No quería ser como el resto, no quería pelear en esa guerra a la que no veía ningún sentido. No quería manchar sus manos de sangre y defender unos ideales que no compartía. Pero, y ¿si debía hacerlo? Y ¿si debía defender a su pueblo como creía su padre que debía hacer? Seguro que lo hacía mejor desde su antigua posición.

Desde la distancia las cosas se veían diferentes. Ahora allí tan cerca del campo de batalla y a la vez tan lejos de todo, las cosas se veían diferentes.

De repente el sol brilló con mucha más intensidad, tanto que la luz le cegó, no podía ver nada. Cerró los ojos que le ardían y no supo cómo, sintió que volvía a estar en casa y de repente allí estaba otra vez, la anhelada carga a sus espaldas.

AZAHARA OLMEDA

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