domingo, 12 de agosto de 2012

NUNCA ES TARDE


A sus 74 años, Silverio había vivido siempre solo, salvo los últimos años, en los que había contado con la inestimable compañía de su gato “Whiskas”. Se había recluido en su fortaleza personal, alejándose del doloroso sentimiento conocido por todos como amor, aunque pese a todo, esté había logrado atraparle un par de veces. Pero él ni siquiera se había inmutado o eso había pretendido aparentar, ya que el miedo le paralizaba de tal manera que sin darse cuenta había decidido no vivir. Pasaba las mañanas arreglando su jardín y las tardes enfrascado en el peculiar hobby de restaurar figuritas de madera. Pese a su rectitud y perfeccionismo se permitía dos momentos al día para mirar por la ventana y poder ver de lejos al objeto de su afecto, al bajar las escalaras nada más levantarse y al volver a subirlas para ir a dormir. Pero apenas se había atrevido a propiciar que cruzaran unas cuantas conversaciones de vecinos.

Esa mañana se levantó diferente, estaba harto de ocultarse. Se puso su mejor traje, se ajustó la pajarita ante el espejo y se colocó las gafas. Bajó las escaleras y miró por la ventana, allí estaba su amor. Le puso la comida a “Whiskas”, un último retoque a ese pelo rebelde y salió de forma decidida por la puerta. “Si todo sale bien, tal vez esta noche no tendremos que volver a cenar solos”, pensó. Al llegar a la cercana vivienda le temblaron las piernas. Tanto tiempo viviendo a su lado, escondiéndose y por fin hoy era el día. Abrió la puertecilla blanca de la valla y se acercó con ojos llenos de ternura a quién por tantos años había anhelado en silencio.

-Hola Ricardo… Tengo algo que decirte- dijo Silverio con voz temblorosa.

El hombre levantó la vista y miró a su curtido vecino, al que tantas veces había visto mirarle desde la distancia y contestó:

-Has tardado en decidirte…

AZAHARA OLMEDA

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