(Fragmento)
El ruso siguió avanzando. Podían ver sus ojos, como dos piedras azules. Llevaba la boca un poco abierta. Necesitaba un afeitado; en una de sus huesudas mejillas llevaba un esparadrapo, con una mancha azul en los bordes. Un punto fungoidal. Tenía la guerrera sucia y rota. Le faltaba un guante. Leone tocó el brazo de Eric: —Aquí llega. Algo pequeño y metálico, cruzó el suelo relampagueando bajo la parda luz del mediodía. Una esfera metálica. Subió colina arriba hacia el ruso, dejando una estela. Era pequeña, una de las pequeñas. Llegaba los garfios fuera, dos cuchillas que se proyectaban de su masa y giraban en un torbellino de acero blanco. El ruso la oyó. Se volvió instantáneamente e hizo fuego. La esfera se disolvió en partículas. Pero ya una segunda había surgido y seguía a la primera. El ruso volvió a disparar. Una tercera esfera saltó sobre una pierna del ruso, girando y batiendo. Subió hasta el hombro. Las girantes cuchillas desaparecieron en el cuello del ruso. Eric se tranquilizó. —Bueno, se acabó. Dios mío, esas malditas cosas me ponen los pelos de punta. A veces pienso que estábamos mejor antes. —Si no las hubiésemos inventado, lo habrían hecho ellos —dijo Leone, encendiendo tembloroso un cigarrillo. Me pregunto por qué vendría hasta aquí ese ruso solo. No veo a nadie que le cubra. El teniente Scott entraba por el túnel del bunker. — ¿Qué pasó? Algo entró en la pantalla. —Un Iván. — ¿Uno sólo? Eric hizo girar la pantalla de visión. Scott miró por ella. Había ahora numerosas esferas de metal rasgando el cuerpo inerte, hoscos globos de metal que giraban y batían serrando al ruso en pequeños trozos que se llevaban.
Philip K. Dick (Chicago, 1928- Santa Ana, California, 1982)
Publicado en la revista digital Minatura 120
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