domingo, 12 de agosto de 2012

LA CIUDAD


(Fragmento)

La ciudad se estremeció. Las piedras de la calle se apartaron y los hombres cayeron gritando. Y vieron, mientras caían, unas brillantes navajas que se apresuraban a recibirlos.
Pasaron algunos minutos. Luego el llamado. -¿Smith? -¡Presente! -¿Jensen? -¡Presente! -¿Jones, Hutchinson, Springer? -¡Presente, presente, presente! -Volvemos a la Tierra en seguida. -¡Sí, señor! Las incisiones de los cuellos eran invisibles; lo mismo los ocultos corazones de cobre, los órganos de plata y los alambres de los nervios dorados y finos. Las cabezas emitían un leve zumbido eléctrico. -¡Rápido! Nueve hombres introdujeron en el cohete las bombas de gérmenes patógenos. -Arrojaremos estas bombas sobre la Tierra. -¡Muy bien, señor! La portezuela del cohete se cerró de golpe. El cohete saltó hacia el cielo. El estruendo de las turbinas comenzó a alejarse. La ciudad descansaba rodeada por los prados del estío. Los ojos de vidrio se apagaron. La Oreja se cerró; los grandes ventiladores de la Nariz dejaron de girar; las balanzas de las ca!Ies se detuvieron, y la maquinaria oculta volvió a hundirse en su baño de aceite. El cohete se perdió en el cielo.
Lentamente, apaciblemente, la ciudad disfrutó del placer de morir.

Ray Bradbury (USA, 1920-2012)
Publicado en la revista digital Minatura 120

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