sábado, 11 de agosto de 2012
EL SUEÑO
En algún lugar de México posiblemente en Febrero.
Tuve un encuentro con un príncipe. Si, ese de los cuentos de hadas. Perdón, debería decir: ese de mis cuentos de hadas. Pero sin capa, sin caballo, sin corona. Que me prometió su reino. Viajé después de muchos días, eternos días, de no vernos.
Sesenta noches de ausencia desde diciembre. Después de un largo beso a mi llegada, de la estación
nos trasladamos a “El sueño”… así se llamaba el Hotel, no es un nombre de ficción… Únicamente
once suites dedicadas a mujeres que nunca dejaron de soñar. Yo debí estar incluida entre ellas. Todos
los detalles habían sido revisados por mi anfitrión, analizados. Tal vez una disculpa tácita por no
poder estar conmigo, quiero pensar que por desearme un momento mágico, que me llenara el alma.
“El sueño” era una vieja casona del siglo XVIII remodelada ¡qué mejor marco para hacer rendir a una
poeta ante sus pies! En el respaldo de la cama, dibujada, una luna atrapada en una jaula. Una frase
de Buñuel pintada en un arco en una de las paredes: “Denme 2 horas del día para pensar que ocuparé las 22 restantes para soñar”. La frase era como una definición redundante de mí misma. Una
soñadora que teje sub realidades y mundos imaginarios de lo que más deseo. Luego de brindar con
Lambrusco, cenar, nos dedicamos a saciar otra sed y otra hambre. De tantas ausencias, de tanta
distancia, de palabras no dichas, de deseos internos más que de cuerpo. Después de la noche, que no
alcanzó para el intercambio de almas, nos rendimos en el sueño. Pero sus besos me dieron aún más
soledad. Temprano mis ojos ya estaban abiertos. Quería aprovechar el tiempo. Pensé que podría
sacudir lo que mi razón me decía, si nos ocupábamos y distraíamos la realidad. En el desayuno nos
acompañó la frase en la pared “Y cuando desperté, ahí estabas tú”...
Siempre he creído que Dios nos manda señales. Ese era mi deseo. Pero en este capítulo de mi sueño
no sucedía. Recordé que al chocar las copas la noche anterior “el príncipe” no me miraba, la culpa se
adueñó de él. No hubo más que decir. Y como un personaje de Katia, con cada palabra el príncipe se
fué convirtiendo en sapo. Era una despedida. Mi despedida. Me acomodé el cabello, partí a la una
menos diez con los ojos llenos de lágrimas y continué caminando por el sendero de promesas con
olor a madrugada. En la noche siguiente junto a la luna dibujada atrapada en una jaula apareció un
pedacito de alma. Aún así al cerrar los ojos podría siempre tener un pueblito en la montaña y el
amanecer en la playa. Ese era mi reino.
Marianhe Jalil
Publicado en la revista LetrasTRL 46
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