Hasta hace sólo un par de días Mamadou vivía de forma más o menos decente en una gran ciudad española. Ayudaba a la economía familiar desde pequeño, como muchos otros jóvenes inmigrantes. Tenía 14 años recién cumplidos, pero hacía tiempo que nadie se preocupaba por que cumpliera o no las leyes de la enseñanza obligatoria. Se levantaba por la mañana temprano, cogía su mochila llena de DVD’s pirata y salía a recorrer las difíciles calles de la urbe. Vendía poco, pero al menos sentía que la gente le trataba con un mínimo de respeto. Había oído historias sobre violencia contra extranjeros y por eso él procuraba pasar desapercibido en la medida de lo posible.
De noche, al llegar a casa, cansado como estaba después de recorrer las calles de arriba abajo, se acostaba en su cama y pensaba en su país o más bien, en las historias que su familia le contaba, porque por mucho que lo intentaba sólo podía evocar imágenes sueltas de su infancia y del viaje en el pesquero con el que lograron escapar de la guerra y la miseria de su patria.
Y ahora estaba allí, en esa triste y fría oficina esperando a que le devolvieran a un lugar que apenas recordaba. Esa gente quería alejarlo del que él realmente consideraba su hogar, el lugar con el que su familia siempre había soñado, para reubicarlo en una pesadilla.
Absorto como estaba en sus pensamientos apenas reparó en el nuevo inquilino de la habitación. Un joven rubio de ojos verdes y cara de pocos amigos, más o menos de su misma edad, que estaba sentado en una esquina y no paraba de dar molestas patadas contra la pared.
El chaval, ciertamente, destacaba entre sus recientes vecinos. Y no únicamente por su tez blanca, sino también por su ropa cara y su postura corporal, como de suficiencia.
Mamadou estaba tremendamente intrigado con el chico blanco. No sabía muy bien que pintaba en la misma área de detención para inmigrantes que él. Como no tenía nada mejor que hacer, se dispuso a averiguarlo. “¿Qué mejor que preguntarle directamente para saberlo?” pensó. Y fue a ello:
-Hola- Dijo escuetamente.
-No compro nada tío.-Contestó tajante el chico blanco.
-No te he ofrecido nada, tío.- Continúo Mamadou un poco ofendido.
-Oye lo siento ¿Vale? Es que estoy un poco cabreado y lo he pagado contigo. No sé qué hago aquí encerrado- contestó el chico a modo de disculpa- Me llamo Rodrigo.
-Tranquilo, el primer día siempre es incómodo. No sabes muy bien cómo comportarte ni cuánto tiempo tendrás que estar aquí.- contestó el joven aceptando las disculpas- Por cierto, yo soy Mamadou.
- Pues yo espero no estar más de un par de horas, Mamadou. La verdad, ya están tardando en sacarme de este sitio.- Dijo Rodrigo asqueado.
-Y ¿Por qué estás aquí? Si no te molesta que te lo pregunte- continúo Mamadou.
-Pues verás. Mi padre es empresario. Y desde que él y mi madre se separaron, cuando me toca estar con él, tengo que estar continuamente viajando y se ve que ha habido algún problema con el pasaporte. Cuando íbamos a coger el avión hacia México, me han sacado de la fila, me han metido en una sala y después me han traído aquí. Supongo que mi padre ya habrá llamado a su abogado. Y ¿Tú? ¿Por qué estás aquí?
-Yo vendía películas en la calle. Un hombre quería que le cobrara más barato porque decía que 8€ por algo que puede descargar el mismo de internet era mucho. Y como le dije que no, me denunció a la policía. Mis padres me trajeron a España de forma ilegal en un barco pesquero cuando era pequeño y no tengo papeles. Así que ahora me deportarán a un país que ya ni siquiera conozco.
Rodrigo atento a la explicación de su nuevo amigo esperó a que terminara y preguntó con indignación:
-Y ¿No puedes hacer nada para quedarte aquí? Tus padres podrían llamar a un abogado a ver si puede hacer algo.
-No he llamado a mis padres. Ellos tampoco tienen papeles y no quiero que nos deporten a todos por un error mío- Contestó el chaval con orgullo.
-Pero tú no has hecho nada malo- Dijo el otro con un tono de voz que denotaba cierta tristeza y también parte de enojo.
Los dos se quedaron callados durante unos minutos. Después Rodrigo prosiguió:
-Si quieres puedo hablar con mi padre cuando me saque de aquí. Para ver si sus abogados pueden hacer algo con tu caso- se ofreció Rodrigo.
-No tengo papeles y no estoy escolarizado. No creo que se pueda hacer mucho- Afirmó Mamadou tristemente.
-Tranquilo, tú no te preocupes. Mi padre paga mucho dinero a esos chupatintas. Algo podrán hacer- Aseguró Rodrigo emocionado.
-Bueno, no pienses en eso ahora. Hablemos de otras cosas.
Los chavales hablaron durante horas de todos los temas imaginables. La conversación parecía no tener fin. Reían, bromeaban y disfrutaban de la mutua compañía. De repente se abrió la puerta de la sala de retención y apareció un hombre uniformado.
-Rodrigo Ballester. Acompáñeme, por favor- dijo el agente con voz ruda.
-Vaya. Parece que ya me voy. Bueno. Nos vemos pronto amigo. Ahora mismo hablaré con mi padre de lo tuyo- se despidió Rodrigo caminando hacia la puerta, no sin antes darle un fuerte apretón de manos a Mamadou.
-Sí, nos vemos- Respondió Mamadou sin mucha convicción.
Los dos jóvenes se miraron y el joven africano levantó la mano como último gesto de despedida cuando su amigo ya cruzaba la puerta de salida, de espaldas a él.
Al salir de las dependencias de inmigración, Rodrigo vio a su padre, plantado en mitad de la acera y corrió a darle un abrazo. Su progenitor le agarró de los hombros creando sutilmente un espacio entre ambos mientras y dijo:
-Venga hijo… Que llegamos tarde- Y continúo ya girándose- Tenemos un avión que coger.
-Espera papá. Tienes que hacerme un favor. Hay un chico ahí dentro… Podrías hacer algo para que le dejaran salir, porque…
-¿Qué? – Comenzó su padre sin dejarle terminar- Rodrigo, no tengo tiempo para obras de caridad. Si ese chico está ahí dentro será por alguna razón- sentenció tajante.
-Pero papá… Yo también estaba ahí y era un error. Además es mi amigo- Imploró Rodrigo.
-¿Tú amigo? ¿Cómo va a ser tu amigo? Si apenas le conoces- Replicó el padre con sorna.
-Pero papá…-Intentó volver a decir Rodrigo como último intento.
-Ni papá ni nada- decía sin dejar de caminar- Y date prisa que ya me has hecho perder mucho tiempo aquí- Concluyó su padre
Rodrigo cabizbajo siguió a su padre, quién se dirigía con paso firme hacia en el coche negro que les esperaba para llevarles al aeropuerto. Una vez dentro y mientras se alejaban del gris edificio del ministerio, el chico, sólo podía pensar en su amigo Mamadou e inevitablemente el sentimiento de que le estaba traicionando empezó a embargar poco a poco su corazón.
Unas horas más tarde, en la sala de retención, Mamadou estaba sentado en una esquina, cuando el guardia que antes entró a por Rodrigo volvió a irrumpir en la sala:
-Mamadou Kanga.
El joven africano extrañado se acercó al guardia.
-Soy yo señor. ¿Pasa algo?
-Nada chico. Han llamado por teléfono y han dejado un recado para ti.
El guardia le entregó entonces una nota a Mamadou, quién la cogió extrañado y la leyó en silencio:
“Mi padre no ha estado muy cooperativo. Pero haré todo lo que esté en mi mano para ayudarte. Nos vemos pronto amigo. Te lo prometo.
RODRIGO.”
Mamadou esbozó en el acto una débil sonrisa y le devolvió el papel al guardia, pues sabía que no podía quedárselo y regresó al rincón donde se sentaba a pensar. No sabía si Rodrigo podría o no hacer algo para solucionar su situación, pero lo que sí sabía era que tenía un amigo para toda la vida.
AZAHARA OLMEDA
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