... La quedé observando largo rato, directo a los ojos, sin decir nada. Ella me dijo que la extinción era inevitable. Miré hacia el techo del bar, y ahí estaban los cadáveres, los huesos, las manchas secas de sangre. Cuando quiso pagar la cuenta de los vasos vacíos que nos bebimos, sacó 3 cucarachas muertas de su elegante cartera y las tiró con desprecio sobre la mesa imaginaria donde estábamos sentados. Ninguno de los 2 dijo nada. Ella metió rápido su lengua a la billetera y yo simplemente clavé la mía a la pared, en señal de lealtad y respeto. Tampoco las moscas se pronunciaron, que pegadas a los párpados de un mesero asesinado, seguían atentas la situación.
Al piano le faltaban casi todas las teclas y al pianista casi todos los dedos. No importa. La música la escuchábamos todos los del bar. Era como si ninguno de nosotros estuviera ahí, porque ni siquiera existía aquella taberna. Pero nos encontramos, jugando al poker sin cartas, mirando hacia adentro con los ojos girados. Yo aposté mi oreja y 4 dedos del pie. Mis rivales, uno sentado adentro de un espejo y el otro, una sombra muda que se estiraba de la silla al pavimento, retiraron sus apuestas.
Al final de la tarde estábamos bien borrachos. Nos reímos y nos abrazamos. Afuera del ventanal de mis ojos, el mundo seguía en llamas; y adentro, los 3 mirábamos el Multiverso caer.
Franco Barbato
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