
SEÑORA DE OTOÑO
Dígale a sus senos que por su culpa me habita el insomnio, que mis manos piensan que su destino es acariciarlos, y que ellos también saben que, aunque usted no lo sepa, les pertenecen. Dígale a su cabello que mi alma sigue deseando ser perfumada por él, mi nombre se anudó a su color… y ya no encuentra cómo desatarse. Explíquele a su cuerpo que, aunque usted lo usa, es mío, puesto que mi amor me da derecho a reclamarlo. Y, finalmente, dígale a su boca que ella y la mía tienen colores que degustar y abrazos por cumplir, que los besos que se han muerto en mis labios han de resucitar en los suyos, que su piel y la mía se han de disfrutar. Dama otoñal, su último espasmo, mío será.
Victor Diaz Goris
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