La casa que había adquirido era vieja. Cierto que necesitaba muchas reformas pero, se había dicho Daniel, con una inversión moderada tendría una vivienda en una de las zonas mejores y más valoradas de la ciudad.
Hubo que reparar los tejados, tirar algunos tabiques, reformar suelos y techos, encalar y pintar cada una de las habitaciones.
A pesar de todos los cambios planeados, solo un espejo encastrado de cuerpo entero, situado en el cuarto de aseo del ático, incomodaba a Daniel. Era antiguo, y aunque su cristal estaba desgastado y casi deformado por el tiempo, no le terminaba de desagradar. Sin embargo… pensaba que “algo” en él no cuadraba con el resto de la casa, y menos ahora que la había reformado y dado un aire más moderno.
Un día, tras haberlo meditado durante un buen tiempo, se decidió a acabar con sus dudas. Armado de un martillo, golpeó aquel espejo. Lo hizo casi con rabia, molesto con su propia actitud, que le impelía a cambiarlo todo y no respetar nada. Esperaba encontrarse con la pared lisa y fría de un aseo… pero tras al espejo descubrió un hueco oscuro y sobrecogedor. Un hueco que daba a otra sala, de la que no podía vislumbrar qué contenía.
Tomó una linterna y, sin pensárselo dos veces, penetró en aquel cubículo secreto. Avanzó unos pasos, y entonces la linterna se fundió, como si hubiese sufrido un cortocircuito. Asustado, quiso retroceder, pero entonces sintió algo sobre su hombro y una voz que murmuraba a su alrededor “otra alma”.
Nunca más se supo de él. La policía indagó por toda la casa, incluido aquel cuarto de aseo que tenía en una de sus paredes un antiguo y desgastado espejo, que devolvió a los agentes las imágenes deformadas de sus caras o, quizá –aunque ninguno se percatara de ello- el rostro desesperado de Daniel solicitando ayuda.
Francisco Segovia -Granada-
Publicado en periodicoirreverentes
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