(Fragmento del artículo de 1920 Puerto Rico, Cementerio de Vivos)
Un día... se me invitó a hacer un pequeño discurso en una escuela de las más concurridas de Ponce, la segunda ciudad de la isla. Pues bien, el discurso se tuvo que interrumpir, porque en las filas de los niños, que formando un semicírculo se extendían ante mí, se produjo un movimiento de alarma. Había caído un niño con un desmayo. Yo iba a hacer una broma atribuyendo el desmayo a los efectos de mi fulminante “elocuencia”, cuando se me acercó una profesora de la escuela y me dijo: “Se trata de un niño pobre que seguramente no ha comido. Son muchos los casos de vahidos semejantes, y todo, porque los pobresitos se tienen que venir a la escuela sin haberse echado nada al estómago”... ¡La broma se me heló en los labios!
Por eso hoy... siento más que nunca que se me encienden en la sangre los fervores de la cruzada anticapitalista a que he jurado consagrar el resto de mi vida.
En la palabra anti-capitalismo, guardaos de leer -brutos de aquí y allá que me escucháis- odio tonto y mezquino al capitalista, pues no es el individuo, sino el sistema, el que tiene la culpa de todo. Es el sistema infame el que produce esa deformidad social que se llama el pobre, junto a esa otra deformidad social que se llama el millonario. Porque tan triturado está entre los dientes del sistema el estómago del pobre como el espíritu del rico, y más compasión merece el que por ser rico nutre su caja de la comida del pobre, que el que por pobre no puede comer.
El sistema, a primera vista, parece que revienta a los miles en beneficio de los unos, pero, visto a fondo, todos resultamos reventados. Si es doloroso, si es trágico ser pobre, más doloroso y más trágico es, para un hombre de veras civilizado, el no sentirse otra luz en el alma durante toda una vida que el siniestro parpadear de lamparilla de las ambiciones rateriles y acaparadoras.
Publicado en el blog nemesiorcanales
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