Amo la dulce voz de tus ojos
que podó la fragilidad de mi pecho,
ese golpe que galopó
con el hambre como jinete,
aquel que despertó
al hombre sin dejar de ser niño.
Amo el sabor de tu sangre
en esas noches sin nombre,
aquellas donde la inocencia
empezó a ser hiena.
Felipe de la cruz Sánchez Gonzáles -Perú-
Publicado en la revista Literaria Delirium Tremens 9
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