sábado, 11 de abril de 2020
TIEMPO Y ESPACIO
Todavía me remuerde la conciencia. No por lo que hice sino por lo que dejé de hacer.
Vengo de un par de generaciones anteriores. A mis casi noventa años mi mente está clara y recuerda.
Mis padres se separaron siendo muy niño. Me tocó vivir con una madrastra cruel, que abusó físicamente de mí, hasta que a los quince años salí de su casa al conseguir un empleo donde me proporcionaban techo, comida y un pequeño estipendio mensual.
Al cabo de los años con experiencia en ese tipo de trabajo, me trasladé a una ciudad más grande, mejoré mi posición y después de mucho esfuerzo y privaciones, tuve mi propio negocio.
Formé una familia con una buena mujer que me amaba más de lo que yo a ella. Mis hijas eran bellas e inteligentes. ¿Qué más podía pedir?.
Nunca fue suficiente para mí. Inmerso como estaba en aumentar mi capital, no tenía tiempo para disfrutar de mis hijas. Me perdí sus cumpleaños con el pretexto del mucho quehacer y también me aburrían las reuniones familiares es más, me molestaban.
Siempre llegaba a la casa con semblante adusto. Las niñas me querían; pero me temían.
No me tenían la confianza como ahora veo que los hijos tratan a sus padres, con afecto y espontaneidad.
Apenas podían moverse, jugar o hacer ruido cuando yo estaba presente. Al transcurso del tiempo reconocí que ese comportamiento era inusual.
El mio tampoco podría decirse que era impecable. Engañaba a mi esposa. Tenía una amante.
Para mi mujer fueron años de sufrimiento el soportar mi infidelidad. En aquellos tiempos era costumbre y obligación de una esposa aceptar todo sin chistar. A una divorciada se le condenaba al ostracismo. Era un suicidio social. No le concedí una tregua para protestar.
Mis hijas crecieron, se casaron, tuve nietos a los cuales tampoco presté mucha atención ni para un beso, una caricia o leerles un cuento a la hora de dormir.
Simplemente las pocas veces que venían de visita, los saludaba friamente. El resto del tiempo nos ignorábamos de mutuo acuerdo.
Envejecí y entonces después de tanto tiempo, tuve la peregrina idea de dejar a mi esposa y casarme con la amante de turno quince años más joven que me había anunciado estaba encinta.
La familia estaba escandalizada; pero no me importó e hice lo que deseaba.
Nació mi hijo al cual traté de la misma forma que había hecho con mis hijas. No aprendí a pesar del tiempo transcurrido.
Contra todas las predicciones debido a mi edad avanzada, pude verlo crecer y formar su familia. Lo consideré como a mis hijas, un apéndice en mi vida. Nunca tuve el tiempo de demostrales mi afecto.
Sólo les dí los medios para que se desarrollaran, estudiaran y se hicieran personas de bien. El amor brilló por su ausencia.
Estoy seguro piensan que nunca los quise puesto que las atenciones recibidas eran por mi deber como padre. Después de todo no estaban equivocados.
Me pregunto cómo me recordarán, qué pensarán de mí y si algún día me perdonarán.
Ahora los veo rodeando mi ataúd mirándome fijamente, con asombro. No hay lágrimas.
MARITZA TRUJILLO -CUBA/USA-
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