sábado, 11 de abril de 2020
A PARTIR DE TU AUSENCIA
Mangri
Si no fuera por el inexplicable deseo de seguir vivo del que padezco, hace tiempo me hubiera lanzado desde este puente. A veces despierto de madrugada en el callejón donde me sorprende la media noche, reacomodo mi cabeza sobre los trapos que me acompañan y recuerdo que estoy a salvo, que la guerra terminó para mí hace años cuando regresé a casa condecorado, renco y con una cicatriz en el rostro. Entonces, el dolor por mis masacrados y por mis compañeros de armas caídos me desgarra el pecho y, atormentado, busco un cigarrillo o algún resto de polvo en los bolsillos. En ocasiones, sin embargo, no sé quién soy. Abro los ojos y salgo de un cuerpo sucio y deshecho que desconozco, y me elevo alto mientras ausculto el despliegue de luces, tratando de encontrarme. Así he conocido guardianes nocturnos, desvelados, vampiros y olvidados de la noche a quienes acompaño muchas veces sin ellos saberlo. Así también conocí a Tzvac.
La vi en una de las ocasiones en que regresaba a mi cuerpo cansado de vagar, identificándome con él finalmente. Tzvac estaba inclinada sobre el pretil de este mismo puente y, al darme cuenta de lo que iba a hacer, me levanté a toda prisa y corrí hasta ella, la agarré de un brazo y logré apartarla del abismo. Aún conservo la marca de sus dientes en mi mano derecha que desgarró con la violencia de un animal, y después curó con una ternura que solo había conocido en mi madre.
Aunque el crac había consumido su juventud y su entendimiento yo la veía hermosa, y a través de sus tatuajes supe mucho de su vida. Su influjo era tal que durante el tiempo que disfruté de su compañía nunca tuve que salir de mi cuerpo a buscarme, incluso cuando prefería dejarme solo. Se despidió muchas veces, pero siempre regresaba, hasta que un día no volvió más. Tal vez encontró otro amigo u otro puente o quién sabe si fue este mismo y no pude salvarla.
Ya ha pasado más de un mes y sé que no volverá. Lo sé desde que mis excursiones al cielo nocturno se reanudaron. He notado que cada vez me alejo más de la ciudad y me adentro en un silencio negro, sin estrellas, y que cuando desciendo, las luces falsas que antes me miraban con curiosidad han empezado a ignorarme, y apenas veo a mis desconocidos de tantas noches. Me pregunto si todo eso no es más que una señal, pero si lo es, no sé cual es el mensaje. Tal vez deba tratar de reunirme con Tzvac. Ella se emocionó cuando supo que yo era un héroe, un valiente que regresó orgulloso de la guerra, y le pareció que yo llevaba una vida interesante a pesar de todo. Había encontrado media botella de vino en un basurero y brindamos por mi grandeza. Conmovida, Tzvac me contó que su padre había muerto en una guerra anterior y su madre había enloquecido sin saber qué hacer con sus pequeños. Esa noche, después de tomar el vino y comer unas sobras que ella había encontrado, lloramos juntos.
Este puente es antiguo. Data de principios del siglo pasado, pero es el orgullo de la nación, de mi país. Miro hacia abajo y las aguas encrespadas me saludan mientras se van oscureciendo con la caída de la tarde. De repente veo algo que no había visto. No puede ser...o sí…son ellos, son los muertos, mis muertos de la guerra que no me abandonan. Chapotean de una forma que no sé si es angustia o regocijo. Algunos con un solo ojo, otros sin una oreja, otros sin cabeza, y sangran tanto que el agua dejó de serlo para ser sangre. Y allí está Tzvac, en el centro del siniestro tumulto. Me entran deseos de unirme a ellos, pero si lo hago moriré y por alguna razón, no quiero. Espantado me alejo de allí trastabillando, atravieso una calle sin mirar, un auto frena justo antes de golpearme y ocasiona un cataclismo. Sigo tan rápido como puedo chocando con gente que me mira con desprecio, hasta que entro a mi callejuela preferida, donde casi siempre me aguardan mis trapos. Aquí no me molesta nadie. Estoy temblando, pero me quedo tranquilo y todo va pasando. Percibo un movimiento a mi lado, giro mi cuerpo y veo a Tzvac sentada junto a mí. No tiene tatuajes y es más joven. Sonríe y sus dientes no son amarillos. Trato de tocarla pero es incorpórea. Entonces descubro que no está sola, que mis muertos la acompañan, delante y detrás de mí, por todas partes, y si tienen ojos me miran tristes como niños abandonados. Tzvac me habla y la escucho como un escolar a su maestra, pero no entiendo lo que dice, como si hablara en otra lengua. Después, todos se ponen de pie y se van. Caigo entonces en un estado de sopor donde solo escucho una y otra vez sus palabras sin sentido. Así me duermo y cuando despierto con un hormigueo que me recorre por dentro me levanto de un salto, apoyo mi espalda en la pared del viejo edificio y respiro un cambio en el aire. Busco con la mirada algo distinto, pero no encuentro nada afuera. En mi cabeza, sin embargo, vuelven a resonar las palabras de Tzvac que por fin empiezo a comprender. Tzvac me ha pedido que regrese al mundo, que deje de huir porque ella y mis muertos me necesitan, porque tengo el deber de reivindicarlos, porque los que ya están muertos antes de salir a matar en las próximas guerras se preguntan por qué y nadie responde. Me quedo inmóvil por mucho tiempo hasta que decido salir de aquel callejón que no volveré a pisar nunca más. Sorprendido noto que no deseo fumar y que apenas cojeo. Llego al puente, miro sus aguas inquietas y al alzar la vista recién noto que está por amanecer. Lanzo un juramento desde lo más profundo de mis entrañas y, decidido, hecho a andar acompañado de los primeros rayos del sol que ilumina la nueva ciudad.
MARGARITA PRAWL -CUBA/USA-
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