sábado, 11 de abril de 2020
PATERNIDAD CUMPLIDA.
El mar envolvía la noche en una sonoridad de luna nueva. El motor dejó de lamentar su carencia de combustible y el bote quedó al pairo. El oleaje, el temor, los movimientos en falso y algo inexplicable hizo volcar la endeble embarcación. Antonio tuvo dos pensamientos fugaces, mientras luchaba por alcanzar una tabla a la deriva: la madre y la hija. La madre le permitió y le facilitó todos sus gustos, y sus irresponsabilidades, a la hija nunca supo demostrarle sus afectos, alejados también desde su divorcio.
El pensamiento de cada uno de los náufragos siguió su propio derrotero en los breves minutos en que pudieron flotar, hasta que la pérdida de fuerzas los hundió. En el torbellino de aguas y pensamientos vio algo moviéndose todavía, y en un impulso instintivo de sus pies, llegó hasta una tabla. Una cabeza se hundía y a duras penas unos brazos sostenían a un niño exánime. Logró un nuevo impulso, pero el remolino lo alejó. Luchó contra las aguas y alcanzó al niño por una de sus extremidades en el instante del hundimiento final.
Segundos después, la quietud circundante le hizo comprender su soledad, y como buscando un refugio hacia sí mismo, acercó al niño a su pecho, sin soltar la tabla salvadora. Se dejó flotar, como quien disfruta, y se recuperó. En algún momento le pareció desvanecerse por unos segundos, pero un movimiento convulso del niño lo mantuvo alerta. El niño lloraba o se quejaba débilmente. Era un quejido extraño, sin definición, pero indicador de esperanza y vida. Todavía no se explica cómo logró ponerlo sobre sus espaldas.
Todo era negro a su alrededor, temió a los tiburones en su hambre de carne humana, pero no llegaron. No tenía brújula, ni sabía orientarse por las estrellas. En un estado extraño entre la vigilia y la somnolencia pasó la noche y la luz del sol le hirió los ojos en un amanecer de hoy, sin sueños de mañana. Dudó una vez más entre abandonar la tabla que lo sostenía o luchar por la vida que alentaba en él y en la de aquel pequeño que había adoptado tácitamente. Se impulsó y notó cierto movimiento favorecedor de la corriente de agua y se dejó llevar. Con el sol reverberante tocó fondo en la arena, soltó la tabla y alcanzó la orilla para dejarse caer a la sombra de un follaje verde y refrescante; suavemente se deslizó sobre un costado y dejó rodar al niño hasta la sombra. Una neblina le cubría los ojos y se desvaneció en una nueva oscuridad.
Abrió y cerró los ojos varias veces y le pareció vivir un sueño de voces a su alrededor. El agua fresca con un sabor dulzón reconocible le corría por los labios y unas manos curaban rasguños y heridas en su cuerpo. No sabía si estaba de ida o de regreso. Estaba vivo, y tendría que asumir las consecuencia, cualesquiera que fueran. Algo de aquel idioma aprendido en la escuela, le indicaba que no estaba de regreso, y podría continuar su vida.Por señas y palabras sueltas comprendió que el niño estaba grave, pero se salvaría. Un avión no, un helicóptero venía a rescatarlos.
Aceptó sin aclarar malos entendidos, que en aquellos momentos perdían importancia. Sin recursos, sin padres protectores, en un país donde sus apellidos no tenían significación a la que estuvo acostumbrado, emprendió su verdadero camino de crecimiento interior y protegió y amó a su hijo ajeno, como propio.
Asumió por primera vez, la responsabilidad de Padre, impuesta por la vida.
ROSA MIRÓ SANTANA -CUBA/ESTADOS UNIDOS-
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