sábado, 11 de abril de 2020

LA CABAÑA


A la orilla del lago, la cabaña lucía envuelta en la soledad. Ya pasó el invierno cuando, junto con la nieve y el hielo, llegan los turistas amantes del frío. Algunos a probar sus habilidades de esquiadores sobre la superficie helada del lago y otros simplemente a disfrutar del calor de un buen fuego en su interior en compañía de seres queridos.

La primavera llegó y se fue con las bulliciosas familias que disfrutan del receso. Jóvenes y adultos nadando y pescando, oyendo música estridente. Así como las flores olorosas, y los cantos y revoloteos de las aves que juegan al viento. Esta estuvo de lo más animada con uno que otro borrachín cayendo de cabeza en el agua, forzando a los demás a efectuar un rescate difícil porque la risa no es buena compañera cuando se está tirando de lo primero que se agarre para ayudar al que se está ahogando con el agua por las rodillas.

Acaba de decir adiós el verano, una temporada tranquila porque al parecer disfrutar de las olas del mar y la arena bajo un sol abrasador es más atrayente que los altos árboles del bosque. Pero siempre llega el visitante al que no le gusta el frío, pero le incomoda el calor de otras regiones.

Aquí y ahora está presente el principio del otoño, el período más quieto del año, cuando todavía no llega el fresco ni aquellos que lo siguen. Pero ella sabe que están por llegar sus huéspedes más queridos, la pareja que por más de veinte años se mantiene leal a sus paredes de madera y su fogata a orillas del lago.

¡Ya están aquí! Ella los oye conversar, cantar, reír. Siente las vibraciones de la música que oyen y de los pasos de baile que ejecutan. Su ir y venir preparando comidas en el asador externo. También comparte sus silencios mientras están arrebujados en una manta compartida, sentados en el sillón de la entrada, se extasían mirando al infinito y las estrellas, el reflejo de la luna sobre el agua, o simplemente, disfrutando de la compañía y el calor del otro.

¡Qué de cosas han pasado! Como cuando tuvieron un encuentro inesperado con un oso gigantesco de muy mal carácter que los hizo correr de vuelta y los mantuvo encerrados por todo un día. Claro que ella, luego de asegurar puertas y ventanas, se encargó de que él olvidara al visitante indeseado. O la vez que la puerta se cerró con ellos afuera y por más que empujaron y forzaron las ventanas y la puerta de la cocina tuvieron que pasar la noche en la galería pegados uno del otro para darse calor, eso sí, sin mirarse porque se culpaban uno al otro por el incidente. En la madrugada agarrotado de frío y exasperado, él cogió impulso y se arrojó sobre la dichosa puerta de tal manera que la abrió con una explosión y cayó de bruces al suelo. Y descubrió al culpable: ahí estaba hecha trizas la estaca que ponían por las noches como medida adicional de seguridad. Luego de mirarse asombrados,
decidieron no hablar más del asunto porque había que descansar, y sobre todo, calentarse.

Mas, los días pasan y llega el último. Los hechos se repiten como un ritual: los pasos suaves y tranquilos de ella contrastan con los firmes y rápidos de él al preparar un exuberante desayuno que los ayude para el largo viaje de regreso. Los siente recogiendo todo y preparando los equipajes. Él siempre es el que cierra la puerta, luego las últimas miradas a los alrededores para fijar las imágenes en sus ojos y sus mentes. Al final, invariablemente, un apretado abrazo, un largo beso, y las promesas de volver a la cabaña. Después, cada cual a su vehículo y de vuelta a su propio nido y de los que los esperan.

THELMA GALVAN -REP. DOMINICANA/USA-

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