El sueño es un alivio lábil,
el amanecer
es ciego, no se sabe nada
antes de despertar con
el día su primer reflejo tímido,
mientras me baño con los ojos
cerrados en el río.
La luz que la mañana establece
medio indolente contra las vidrieras,
como la miel en vasos de cristal,
resbalones sobre madera y latón
en una sinfonía de finales de verano.
La luz de la mañana ofrece
el último vestido de oro,
y cae lentamente por la tarde
lanzando una larga sombra sobre el este,
nubes que me gustaría pisar
mientras que el vuelo de la mariposa sobre
mi cabeza: con un matiz de silencio,
con paños menos blancos y perfumados,
con panes que no son leudados,
con polvo invisible sobre todo,
como impalpable velo del duelo.
Dejo la brecha entre tu mundo y el mío
al respirar el éter, mirando un brillante;
espectro vagabundo;
de una identidad desorientada.
Quién me defiende de los ojos grandes
con que mira el monstruo del verano
que no es un hombre y no es una mujer
y está en silencio; al no revelar su tono
de soprano con la que invocó el sueño.
Che-Bazán -España-
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