miércoles, 22 de enero de 2014

I


Nadie es el otro.  Nada importa saber qué  piensa y  por qué  había llegado hoy allí.

Toda idea fue previa.  Ahora la única inquietud sitia la expresión de los labios semiabiertos.  ¿Cómo saben los besos?, ¿con qué frecuencia se rozan o se alejan?, ¿cuál es el punto  en que los propios rasgos desvanecen en mullidos impactos? Una tenue presión más y el encuentro de lenguas, es el momento de un giro sinuoso e imprescindible de los cuellos, cóncavo y convexo.  Acompasados.

Sólo labios sin cuerpo, sólo lenguas sin voz, sólo ritmos  alientados  por respiros.

Abrir y cerrar.  Hacia adelante un desfiladero de ráfagas que intentan espiarse.  Como ojos, imaginan las líneas aplastadas de los rostros e intentan tomar distancia para abrir la mirada.  Pero se alargan: caer y sostener para volver a caer y sostener.  Dos en la multitud, dos aleteos de palomas sobre un cable a la espera del vuelo.  Dos en un vuelo sin cielos, arrumbados, bajotecho.

Persiste la inquietud por saber el sabor de los besos.  ¿Vendavales?  ¿Salitre? ¿Miel de pétalos? ¿Aromas de glicinas?  Ajenjo.  No hay sabor en los besos transmutable en esencias.

Danza de ensalmos.  Algo quebró y se aúna para embestir una y otra vez:  ¿quién es? ¿quién soy?.

No hay sabor en los besos y sin embargo nada está quieto, todo es asombro, nuevo.

Del libro  “Cripta de amor” de María Pugliese -Argentina-
Publicado en revistaislanegra.fullblog

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