sábado, 11 de abril de 2020
PAPICHULI
Vi en la TV la noticia de un accidente, el auto estaba destrozado. Quedé consternada al escuchar el nombre de la única persona que viajaba en el vehículo; era Papichuli, el amor de mi vida aunque él fuera el amor de la vida de otras mujeres.
Llegué al hospital, la sala donde él se encontraba era la más apartada. Allí me informaron que no podía tener visita, Papichuli estaba en coma. Desesperada me escabullí por los pasillos, entraba y salía de las salas o iba al baño para evitar que los médicos y enfermeras me vieran; así podía entrar a la habitación donde estaba el amor de mi vida, aunque fuera unos minutos.
Por fin entré, casi me desmayo al ver a Papichuli todo vendado, desvalido y… de pronto un ruido a mi espalda me advirtió que la puerta se abría. Rápido me refugié en el baño. Escuché una voz de mujer que yo conocía, era mi vecina y no quería que me viera. Pero… ¿qué hacía ella aquí?
De pronto, entre sollozos ella le decía:
-Papichuli: -¿No podré morderte más esos labios carnosos?
Por suerte entró el médico que sacó a mi vecina de la habitación, y él se marchó por lo que pude salir de mi escondite, además enterada de que Papichuli tenía tres mujeres: Su esposa, yo, y mi vecina. Bien molesta dirigí mis pasos hacia la habitación donde guardaban la ropa de cama, para esconderme. ¡Albrisias! Encontré un uniforme de enfermera que colgaba en la puerta y me lo puse, me quedaba un poco ajustado, pero no tenía otra opción, saldría del hospital. No podía dejar rastro y guardé mi ropa en la cartera.
Llegué a la salida, me senté en el primer banco que encontré y lloré, tanto como la lluvia que empapaba mi cuerpo, y no la sentía.
Recapacité, estaba con un uniforme que no me pertenecía, y corrí hasta mi auto, me quité la ropa mojada, vestí la mía y fue entonces que me di cuenta que alguien podía haberme visto en paños menores. Como niño con miedo miré a todos lados, no vi a nadie y puse en marcha mi carro.
Me quedé con los deseos de estar con Papichuli. Por tanto tres días después volví al hospital. Tenía que verlo, pero no quería estar huyendo por los pasillos evitando ser vista por los médicos.
Entonces me di cuenta que podía ir a la sala donde los familiares esperan a los médicos para así recibir el parte diario del paciente.
Mi rostro se iluminó: -¿Cómo no lo pensé antes? Como niña con juguete nuevo me dirigí a dicho lugar. Varias personas ocupaban la sala, todas con caras tristes, unas caminaban ansiosas recorriendo el pasillo para matar el tiempo de espera. Me senté al lado de una señora que tenía unos años más que yo; ella entabló conversación conmigo. La complací para aliviar su desesperación y le pregunté:
-¿Tiene un familiar ingresado, verdad?
-Sí, está muy mal. Contestó; ella estaba atenta a la puerta por donde debía salir el médico. Y agregó:
-Hoy no me han permitido verlo, no sé el porqué.
-También estoy preocupada. Le contesté mirando como frotaba sus manos con desespero.
De pronto ella se puso en pie. Vimos como el médico se acercaba al afligido grupo, y preguntó:
-¿Quién es la esposa de Papichuli?
-Yo; dijo ella levantando la mano mientras se dirigía al médico.
Solo pude resignarme. Vi resplandecer su rostro, y despacio pasé cerca del doctor que daba buenas noticias; me sentí feliz. Me marché con una amplia sonrisa al saber que mi Papichuli estaba fuera de peligro.
FRANCISCA ARGUELLES -CUBA/USA-
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