miércoles, 15 de abril de 2020

LA RED


La red preparada descansaba sobre la fina arena. ¿Quién caería en ella? ¿Cómo escapar de ella? Para mí, preso en ella, cobraba vigencia la segunda interrogación. ¿Cómo romper los hilos de la red? Mil intentos fracasaron. Tras la red me faltaba aire. Respiraba con agobio. La asfixia amenazaba mi existencia. Era una lucha titánica. Cedí en mi esfuerzo y experimenté una sensación de alivio. Descansaba tras largas jornadas de incansable batallar. Recuperado obtuve un avance y la brisa del mar golpeó mis mejillas. Me retorcí de dolor, una pesada piedra golpeó mi estómago y me obligó a despedirme del mar. No había salida. Convencido de la nulidad de mis intentos, decidí recorrer la red. Si iba a vivir allí necesitaba conocerla. Eché a andar, mis pies se hundían, bajé los ojos y me vi rodeado de desperdicios. Un nauseabundo olor hirió mi nariz. Apresuré mis pasos y di con las narices en la basura. Salió del estómago todo lo que contenía. Asqueado me levanté y caminé con sumo cuidado. Parecía no tener fin. Apenas me sostenía en pie. Hambre, sed, asco, mareo, tenía de todo. Los detritus me llegaban a la cintura. Me hundía cada vez más. Estaba perdido. Nunca debí moverme. Cuando desesperaba de alcanzar el final me encontré fuera del basurero.
Un dédalo de callejuela me esperaban. Solitarias, silenciosas, impresionaban, daban miedo. La curiosidad me empujaba. Me adentré en una. A ambos lados, negras, sucias y viejas fachadas, perfilaban la embarrada calle. Ventanas sin cristales. Portales desnudos. Grietas. Goteras. La pobreza adquiría límites inverosímiles. Dentro en unos cuartos, con muebles raídos, se amontonaban seis o siete figuras deformes. Unos harapos cubrían su carne negra que confundiose con las paredes. Tiritaban, gemían y devoraban minúsculos trozitos de pan. Sufría al verles comer porque yo no tenía nada que llevarme a la boca.
Bajé los escalones de carcomida madera y atravesé la puerta. Caía una fina lluvia que empeoraba el lamentable estado de la calle. A duras penas podía avanzar. Agotado, hambriento reaccionaba con lentitud. El agua enfriaba mi cuerpo. Los dientes chocaban rítmicamente. Temblaba. Me estremecí. Una densa neblina ocultaba a mis ojos las imágenes. Me daban vuelta los edificios. Perdía el control de mi ser. El barro me cubrió. Estaba atorado. El cansancio me redujo a la impotencia. Permanecí quieto, muy quieto. El barro me entraba por la nariz, por los ojos, por la boca. Una voz diminuta dijo: “Enseguida le ayudamos, señor”.
Me sentí asido y trasladado a una de aquellas casuchas. Colocáronme sobre unas cuantas sillas. Una mujer, al menos eso creo, se excusó de darme tal acomodo: “Siento no tener otra cosa que ofrecerle. Solo tenemos una cama y en ella descansa mi marido. Trate de descansar, lo necesita.”
Mis agotados párpados se cerraron. No recuerdo cuanto duró mi sueño. Al despertar vi a cuatro críos sentados y devorando un plato de sopa. Uno de ellos al verme alzar la cabeza se acercó: “Buenas tardes, señor, se encuentra mejor.” “Un poco” dije. “Descanse un rato más hasta que llegue nuestro padre, le gustará charlar con él.”
El chico regresó con los otros que peleaban. Imaginé que por un trozo de pan. Dio un par de grito y los calmó.
En aquel lugar era imposible saber si era de noche o de día. La oscuridad no cedía nunca. Pero había algo extraño en aquellos seres y me gustaría saber qué.

JOSÉ LUIS RUBIO 

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