Unas letras impresas me dieron el alto.
No opuse resistencia. Me dejé detener.
Tirando de mí me llevaron a un calabozo
con cientos de estanterías totalmente vacías.
Allí me encerraron y me alimentaron
con volúmenes formadores y variados
que fueron poco a poco transformado
mi naciente pensamiento y personalidad.
Cada página azotaba mis neuronas
dejando en ellas cicatrices imborrables
que me ayudaron a caminar
entre un mundo fantástico y real.
Eran heridas indoloras
que nunca provocaban llanto
sino un placer inmenso
de repetir el tormento.
JOSÉ LUIS RUBIO
No hay comentarios:
Publicar un comentario