Nadie sabe de ti,
ni el río, ni la colina;
menos el camino aquel
donde perdí las huellas.
Sólo apesadumbrado unas sombras
vagan sin rumbo tratando
de hallar refugio para
aliviar su volátil paso.
Alrededor, trinos afligidos
con lamentos sacrificados
tratan de arrancarse del madero
donde crucificados quedaron a solas.
El arroyo de tiernos brincos
y murmullos, apenas
puede arrastrarse sobre
orillas polvorientas, cadavéricas.
El celaje misterioso y caprichoso
comienza a teñirse de jazmines y
termina atardecer con un tinte de
fucsias pálidas como la misma muerte.
Mientras sobre esta mesa
sumido en su desolación
otra vez me alcanzan doloroso
el bosquejo de unos ojos reclinados.
Orlando Ordóñez Santos
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