Tengo convalidados tantos sueños de esos de toda la vida y he dejado pudrirse sin el más mínimo remordimiento a tantas esperanzas para poder llegar a autodefinirme como hijo bastardo de mi tiempo (tiempo que nunca es nuestro) y pródigo de mis silencios (que son la única hacienda que poseo) para a trompicones llegar a la conclusión de que tras haber pensado pocas veces, y casi siempre mal, puede que en alguna ocasión incluso hasta haya existido.
Hace años acertadamente me calificaron de inútil como esos espejos en los que nadie se mira. Inútil como la poesía y la palabra libertad en la boca de un político. Otros pretendieron enseñarme y aconsejarme inútilmente en lo que para ellos era imprescindible pero que de nada les sirvió conmigo. Hoy día he intentado llegar a creerme que he aprendido a no recordar, pero todavía no sé olvidar. También he asimilado de manera empírica y autodidacta que hay besos que no tienen memoria, como el futuro.
Con todo lo dicho y alguna cosilla más a cuestas, sigo caminando. O mejor dicho tropezando. Y en el camino caigo en cada bache que hay en el cielo. Y luego a volverme a levantar. Y al torcer la esquina de cada rato a intentar disfrutar y ser disfrutado lo poquito que se pueda, porque tal y cómo se está poniendo el percal, por placer ilegalizarán hasta el placer y el mero hecho de pensar será considerado un acto clandestino, punible, delictivo y hasta ofensivamente criminal.
Así que no queda otra que intentar gozar con las risas que se dejen meter mano y dejarnos ser seducidos y desnudados por la vida que es y será lo único que merezca la pena en este (que antes nos parecía largo) cada vez más corto, tortuoso y enrevesado camino hacia la putrefacción.
FRANCISCO TOMÁS BARRIENTO EUSEBIO -Campofrío-
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