En los tiempos más difíciles
de mi vida al caminar,
piedras en el camino recibí
y muchas de ellas,
desde la ventana las vi arrojar.
Grandes pruebas en mi vida,
todas ellas vi pasar,
algunas dejaban heridas;
otras aprendizaje y sabiduría,
pero de una mano me miraron caminar.
A mi Señor Jesús lo conozco vivo,
y aunque lágrimas tuve en el camino,
ha sido él mi mayor alegría,
porque sin su bendición
hoy,
hoy no lo escribiría.
No me equivoqué
cuando decidí amarlo,
ha sido mi Señor Jesús
quien siempre me tomo de su mano,
para nunca rendirme
a pesar de los tristes daños.
¡A mi Señor Jesús le debo tanto!
los amaneceres en bendición,
el trinar de pajarillos en mi ventana,
la salud de mis hijos en sus manos,
la caricia cuando cae mis lágrimas,
la fuerza interminable para no rendirme,
aquellas puertas abiertas en el camino,
las que encontré cerradas cuando tuve frío,
las amistades que a través de años, se han quedado
y muchas veces me tendieron la mano,
los días de sacrificio,
pero también de un hogar tibio.
A mi Señor Jesús no le condicione mi fe,
¡Cuándo nací, ya creía en él!
porque sólo él pudo elegir
la vida que hoy me tocó vivir,
porque sólo así lo conocí,
y a su lado soy inmensamente feliz.
Que sacrificio tan fuerte,
tan duro y despiadado pasó él,
si ha sido el único que entregó su divina sangre,
para que nosotros seamos libres
y nos amemos todos los días...
Amén.
Verónica Beatriz Ortíz Gallegos -México-
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