Treinta y dos abriles
primaverando sus caderas,
entre las lluvias febriles
de sus hermosas praderas,
y un noviembre de rosas,
un siete de noviembre
perenne en sus besos,
azulados besos siempre,
encadenados y presos,
de las lunas ansiosas,
a las once de la mañana,
cuando más trina el jilguero
y más tañen las campanas,
soltó aquella niña un te quiero
de sonrisas majestuosas,
y así transcurre palpitante,
los días y los meses del tiempo,
anclado en el mismo instante
de aquel amor al viento,
latiendo flores y mariposas.
Angel Luis Alonso
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