Manojo de deditos blancos y delicados
cansados por el tiempo crucial y demencial
sostienen tu débil y níveo cuerpo otoñal
haciendo enormes malabares con tus andares
para mantenerte a flote sin burdos alardes.
Caminas por caminos empinados y estrechos
que tiemblan con tu linda presencia, luz y hechos,
descubres tu gran desnudez, cansancio y dolor
que cuelgan de tu tierra, ramo primaveral,
y te crucifican con su fuerte vendaval.
Tus plantas finas, cansadas, dolidas y ardientes,
se arrastran sangrantes tras el paso de la luna
quien te espera muy silenciosa, verte dormir,
mi señora hermosa, paciencia que tu luz besa,
tu alma reza religiosamente con destreza.
Las estrellas muy titilantes tus pasos guía
en silencio melancólico de cada día
vienes cargada de frutas, verduras y amor
que a duras penas tu voluntad puede cargar;
tus blancos pies, hoy se desangran madre querida.
Tus pies, los indomables guerreros incesantes
están repletos de amor y esperanzas constantes
caminan y caminan con la blanca alborada
y se deslizan a la cama con alma helada.
Tu figura mojada se menea en los páramos
de sábanas blancas y las plantas de tus pies
lloran desconsoladas las estepas caídas,
tus pies han aprendido a caminar siempre solas
y con el peligro que aguarda a bella mujer.
El deber de madre es importante, nunca espera
ni el sol se esconde en verano, ni el helado invierno
sus lluvias aleja pero los vientos te avezan
con sus aguaceros que mojan todo tu ser;
de tus pies, he seguido la ruta de trabajo.
Hoy sigo tu recorrido, tus estes y oestes
para recoger del camino fuertes alpistes,
pan de cada día que de tus manos me diste
sin llorar ni enjugar lágrimas con tu dolor
porque tú caminaste y lo hiciste por amor.
Por amor a sus hijos, una madre puede caminar campos, montañas, desiertos en busca del pan de cada día y sin importarle cuanto le lastiman sus pies, que sangran por las heridas y ampollas de tanto caminar.
Rosa Elizabeth Chacón León -Estados Unidos-
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