viernes, 7 de diciembre de 2018

DESDE ENTONCES SE OYE EL ECO DE MIS AULLIDOS EN AQUELLA MONTAÑA


Tus suaves manos entre mis dedos
la flor del tomillo,
la sinfonía oscura de aquel viento
y aquel otoño era de ensalmo...

Estuvimos en la montaña: ¿te acuerdas? conmigo
¡viejo lobo de bosque!
Te enseñé el romero y tú me pediste
que te cogiera madroños de la madroñera;
¡y yo aullé, aullé como un viejo coyote!

Me pediste que te enseñará el misterio
de la naturaleza y tú me enseñaste
la flor de la madreselva;
y yo te puse en el cuello aquel pañuelo rojo,
y cuando sentí el contacto de tus senos erectos
en mi pecho: ¡aullé, aullé como un viejo lobo de monte!

Mis aullidos asustaron a unos cervatillos
que por allí pastaban; mi fino olfato de viejo zorro,
pronto detectó tu aroma de hembra en celo...
¡Y aullé, ay Dios como aullé!

-Te llevaré  a la montaña, te dije-
Es noche de luna llena y clara:
tú en aquel momento no sabías lo que aquello
significaba... y de buen grado aceptaste;
-pero yo, viejo lobo- si presentía lo que se acercaba...
Y me seguiste, mimosa e incauta... y desde entonces
se oye el eco de mis aullidos en aquella montaña...

RAFAEL CHACÓN MARTEL

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