martes, 8 de noviembre de 2016

SÍNDROME


Una sensación de libertad me invade, corro por la playa sintiendo la arena caliente bajo mis pies y la brisa marina contra mi rostro. Me encuentro solo en la isla, pero no importa, soy libre.
El golpe en mis costillas me sacó el aire y la enojada voz de mi esposa me indicó que ya habíamos llegado a la estación, acto seguido se abrió paso a codazo limpio entre la gente que llenaba el vagón del metro. Ya en nuestro minúsculo apartamento me resigné a escuchar su pelea de todos los días contra la situación en la oficina, la falta de alimentos, el creciente desempleo, la contaminación y el largo etcétera que le seguía.
El mundo era un lugar cada vez peor, demasiada gente y muy poco espacio para compartir.
Me encontré trepando por una palmera para bajar algunos cocos que eran parte de mi dieta en la isla, un berrido me hizo caer y antes de tocar el suelo estaba nuevamente en mi casa.
—¿Qué carajo te está ocurriendo? ¡Tenías cara de alelado!
Los episodios estaban pasando con demasiada frecuencia, las ganas de quedarme en la isla me preocuparon, por lo que decidí visitar a un psicólogo.
—Bienvenido al club, cientos de personas alrededor del mundo están sufriendo de lo mismo; se le ha
denominado “Síndrome de la isla desierta”. Parece ser un mecanismo de la mente para huir de la agobiante realidad mundial, algunos pueden durar días sin despertar.
Me recetó algunos medicamentos y de vuelta al trabajo. Una vez más el regreso a casa en el atestado metro y la discusión de mi esposa, consumir la cena mientras vemos las noticias, escuchar las peleas entre vecinos.
El mar con tonos azules y verdes me fascina, podría pasar horas mirándolo, a lo lejos oigo la voz de mi esposa; al principio molesta y luego preocupada, trata de despertarme. Que lo intente todo lo que quiera.

 Ariel Carlos Delgado (Colombia)
Publicado en la revista digital Minatura 151

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