Este año, el invierno se obstina en su rigor,
la ciudad se abandona a una retórica intimidad
en el calor de sus cuartos solos
mientras cierra las puertas y ventanas del abismo.
Pero en la plaza, sentada al borde del mundo,
como un objeto que estalla en la simetría del universo,
sorda a la abominable estética de los hombres,
una niña canta una música desnuda,
un fragmento del oído de dios.
Del libro "Ánima cruda" de
Horacio Castillo -Argentina-
Publicado en Poesía del mondongo
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