viernes, 18 de noviembre de 2016

EL CASO DE VODENZ


A tan sólo sesenta años de su nacimiento, Vodenz gozaba ya de la admiración universal por sus logros.
Tras unos primeros años inciertos creció tanto que se rumoreaba que tal auge se debía más a una influencia externa que a sus propios medios. No importa, el caso es que crecía y el viento parecía estar a su favor en aquel momento de confusión generalizada, cuando el resto se sumía en el caos o la decadencia. Todo presagiaba un futuro excelso y su nombre escrito con letras de oro en la Historia. Nada hacía sospechar que el derrumbe acechaba, agazapado, a la espera de una flaqueza en el sistema.
Todo comenzó en la superficie, cuando atacó aquella masa invisible a los ojos e indetectable por los medios corrientes de rastreo. El tiempo es relativo. Pronto la zona exterior quedó devastada, pues los invasores se multiplicaron exponencialmente gracias a su poder de adaptación al medio. Y al tiempo que aumentaba su número se iban organizando, diseñando un plan perfecto de ofensiva a gran escala.
Pronto irrumpieron por todas las vías posibles hasta el centro estratégico de aquel engranaje hasta
entonces tan exacto y vigoroso. Los defensores no lograban cerrarles el paso, pues el número incontable de aquellos voraces enemigos era tal que, por muchos que cayeran en combate, otros quedaban para sustituirles con más fiereza aún si cabe. Se iban haciendo día a día más poderosos,
ocupando plazas, destruyéndolo todo y sustrayendo los suministros vitales.
Vodenz cayó derrotado ante el asombro de quienes no acertaban a explicarse cómo pudo ocurrir tal
catástrofe.
Hallaron su cuerpo infestado por la mañana, tras una noche llena de alcohol y celebraciones por el
increíble hallazgo. Estaba en la cama, su cuerpo era irreconocible. Tuvieron que hacerse muchas pruebas para asegurarse de que aquella masa informe era humana.
La medalla del Nobel recibida años antes cayó de la repisa como empujada por una mano misteriosa.
“Los inventos mejoran la vida...” rezaba la inscripción en su reverso. Sus colegas quisieron destruir el laboratorio, pero era ya demasiado tarde.

Margarita Agut Gimeno (México)
Publicado en la revista digital Minatura 151

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