Una muchacha está al piano. Toca
algo que nadie ha escrito. La cieluna
baña el jardín. Las doce. Da la una
el reloj de la sala, y se equivoca.
Las dos. Las dos muchachas tocan. Choca
contra el muro la lumbre de la luna.
Busca una puerta, pero no hay ninguna.
Y todo el aire es de cristal de roca.
Sueña, lento, el adagio: polvo y sueño
para un piano que no tiene dueño,
para la dueña de estos dos pianos.
Crece la madrugada. Cerca, lejos,
toca y toca, doblada en los espejos,
una muchacha que no tiene manos.
Carlos Murciano -España-
Publicado en la revista Oriflama 24
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